10-12-2009
El presidente de EE UU, Barack Obama, pronunció el jueves en Oslo un profundo discurso de aceptación del premio Nobel de la Paz. Comandante en jefe de un país envuelto en dos guerras, Obama desgranó una reflexión sobre la guerra justa como medio necesario para preservar una paz que también debe ser justa.
BARACK OBAMA EFE A pesar de toda la crueldad y las adversidades de nuestro mundo, no somos simples prisioneros del destino. Nuestros actos tienen importancia y pueden llevar a la historia por el camino de la justicia. Sin embargo, sería una negligencia no reconocer la considerable controversia que la generosa decisión de concederme este premio ha generado. En parte, esto se debe a que estoy al inicio y no al final de mis labores en la escena mundial. En comparación con algunos de los gigantes que han recibido este premio -Schweitzer y King; Marshall y Mandela- mis logros son pequeños.
Pero quizás el asunto más controvertido es que soy comandante en jefe de un país sumido en dos guerras. Una de ellas está llegando a su fin. La otra es un conflicto que EE UU no buscó y en el que se nos han unido otros 42 países -incluida Noruega- en un esfuerzo por defendernos y defender a todas las naciones de ataques futuros.
De todos modos, estamos en guerra, y soy el responsable de enviar a miles de jóvenes a pelear en un país distante. Algunos matarán. A otros los matarán. Por lo tanto, vengo aquí con un agudo sentido del coste de un conflicto armado y lleno de difíciles interrogantes sobre la relación entre guerra y paz, y nuestro esfuerzo por reemplazar la una por la otra.
La guerra surgió con el primer hombre. En los albores de la historia, no se cuestionaba su moralidad; simplemente era un hecho. Con el tiempo, filósofos, clérigos y estadistas se esforzaban en controlar el poder destructivo de la guerra. Surgió el concepto de «guerra justa», que proponía que la guerra sólo se justifica cuando cumple ciertas condiciones previas: librarse como último recurso o en defensa propia; usar la fuerza de modo proporcional y, en lo posible, evitar la violencia a los civiles.
Durante gran parte de la historia, este concepto de guerra justa ha sido raramente aplicado. Las guerras entre ejércitos dieron paso a las guerras entre naciones, guerras totales en las que desapareció la distinción entre civiles y combatientes. En el lapso de 30 años este tipo de carnicería se abatió dos veces sobre Europa. Y aunque es difícil concebir una causa más justa que la derrota del Tercer Reich y de las potencias del Eje, la II Guerra Mundial fue un conflicto en el que el número total de civiles muertos rebasó al de soldados caídos.
Tras semejante destrucción, y con el advenimiento de la era nuclear, se hizo claro para vencedores y vencidos que el mundo necesitaba instituciones que evitasen otra Guerra Mundial. Así, un cuarto de siglo después de que el Senado de EE UU rechazase la Sociedad de Naciones, los propios EE UU lideraron al mundo en la construcción de una arquitectura de mantenimiento de la paz.
En muchos aspectos, estos esfuerzos han tenido éxito. Sí, se han librado guerras terribles y se han cometido atrocidades. Pero no ha habido una III Guerra Mundial. La Guerra Fría concluyó con una muchedumbre jubilosa que derrumbó un muro. El comercio tejió lazos mundiales. Miles de millones han salido de la pobreza. Los ideales de libertad, autonomía, igualdad e imperio de la ley han avanzado, aunque con altibajos.
Pero aún así, transcurrida una década del nuevo siglo, esta antigua estructura cede ante el peso de nuevas amenazas. El mundo quizá ya no se estremezca ante la posibilidad de guerra entre dos superpotencias nucleares, pero la proliferación puede aumentar el peligro de catástrofes. El terrorismo es una vieja táctica, pero la tecnología moderna permite que unos pocos hombres con enorme ira asesinen a inocentes a una escala horrorosa.
Es más, las guerras entre naciones con mayor frecuencia han sido reemplazadas por guerras dentro de naciones. En las guerras de hoy, mueren muchos más civiles que soldados; se siembran las semillas de conflictos futuros, las economías se destruyen; las sociedades civiles se parten en pedazos, se acumulan refugiados y los niños quedan marcados de por vida.
No traigo hoy una solución definitiva a los problemas de la guerra. Lo que sí sé es que hacer frente a estos desafíos requerirá la misma visión, arduo esfuerzo y perseverancia de aquellos hombres y mujeres que actuaron tan audazmente hace varias décadas. Y requerirá que repensemos la noción de guerra justa y los imperativos de una paz justa.
Debemos comenzar por reconocer el difícil hecho de que no erradicaremos el conflicto violento en nuestra época. Habrá ocasiones en las que las naciones, actuando individual o conjuntamente, concluirán que el uso de la fuerza no sólo es necesario sino también justificado moralmente.
Hago esta afirmación consciente de lo que Martin Luther King dijo en esta misma ceremonia hace años: «La violencia nunca produce paz permanente. No resuelve los problemas sociales: simplemente crea problemas nuevos y más complicados». Siendo alguien que está hoy aquí como consecuencia directa de la labor a la que el Dr. King dedicó su vida, soy prueba viviente de la fuerza moral de la no violencia. Sé que no hay nada débil, nada pasivo, nada ingenuo en las convicciones y vidas de Gandhi y King.
Pero en mi calidad de jefe de Estado que juró proteger y defender a mi país, no puede guiarme sólo su ejemplo. Enfrento al mundo como es y no puedo cruzarme de brazos ante las amenazas contra los estadounidenses. Que no quede la menor duda: el mal existe en el mundo. Un movimiento no violento no podría haber detenido a los ejércitos de Hitler. La negociación no convencerá a los líderes de Al Qaeda de deponer las armas. Decir que la fuerza es a veces necesaria no es una llamada al cinismo; es reconocer la historia, las imperfecciones del hombre y los límites de la razón.
Menciono este punto porque, hoy en día, hay en muchos países una profunda crítica a la acción militar, al margen de sus causas. Y a veces, a esto se suma la desconfianza refleja en EE UU, la única superpotencia militar del mundo.
Sin embargo, el mundo debe recordar que, independientemente de los errores que hayamos cometido, hay un hecho clarísimo: EE UU ha ayudado a garantizar la seguridad mundial durante más de seis décadas con la sangre de sus ciudadanos y la fuerza de sus armas. No porque queramos imponer nuestra voluntad, sino en interés propio: porque queremos un futuro mejor para nuestros hijos y nietos, y creemos que su vida será mejor si los hijos y nietos de otras personas viven en libertad y prosperidad.
De modo que sí, los instrumentos de la guerra tienen un papel en mantener la paz. Sin embargo, este hecho debe coexistir con otro: que independientemente de cuán justificada esté, la guerra conlleva la tragedia. Nunca es gloriosa, y nunca debemos enaltecerla como si lo fuera. Parte de nuestro desafío es reconciliar estos dos hechos: que la guerra a veces es necesaria y que, en cierto modo, es expresión del desatino humano.
Yo, como cualquier jefe de Estado, me reservo el derecho de actuar unilateralmente si es necesario para defender a mi país. El mundo respaldó a EE UU tras los ataques del 11-S y continúa apoyando nuestros esfuerzos en Afganistán, debido al horror de esos atentados sin sentido y al principio reconocido de defensa propia. De la misma manera, el mundo reconoció la necesidad de enfrentarse a Saddam Hussein cuando invadió Kuwait, un consenso que envió un mensaje claro a todos sobre el precio de la agresión.
Por eso todos los países responsables deben aceptar la noción de que las fuerzas armadas con un mandato claro pueden ejercer una función de mantenimiento de la paz. En muchos países hay una brecha entre los esfuerzos de los militares y la opinión ambivalente del público en general. Comprendo por qué la guerra no es popular. Pero también sé lo siguiente: la convicción de que la paz es deseable rara vez es suficiente para lograrla. La paz requiere responsabilidad. La paz conlleva sacrificio.
Cuando la fuerza es necesaria, tenemos un interés moral y estratégico en obligarnos a cumplir con ciertas normas de conducta. Incluso cuando nos enfrentamos a crueles adversarios que no cumplen con ninguna regla, creo que EE UU debe seguir dando ejemplo. Eso es lo que nos diferencia de aquellos a quienes combatimos. Es la fuente de nuestra fuerza. Por eso prohibí la tortura. Por eso ordené que se clausure Guantánamo.
EE UU nunca ha librado una guerra contra una democracia, y nuestros amigos más cercanos son los gobiernos que protegen los derechos de sus ciudadanos. Una paz justa incluye no sólo derechos civiles y políticos, sino también seguridad económica y oportunidades, pues la paz verdadera no es sólo falta de temor, sino también la falta de privaciones.
Al reducirse el mundo, uno pensaría que iba a ser más fácil que los seres humanos reconozcamos lo similares que somos. Sin embargo, dado el vertiginoso ritmo de la globalización y la homogeneización cultural no debería sorprendernos que la gente tema perder lo que más aprecia de su identidad particular. Lo vemos en el Oriente Medio, donde el conflicto entre árabes y judíos parece estar agravándose. Y más peligroso aun, lo vemos en la manera en la que se usa la religión para justificar el asesinato de inocentes, por personas que han profanado la gran religión del Islam y que atacaron a mi país desde Afganistán. No son los primeros en matar en nombre de Dios; hay amplia constancia de las atrocidades de las Cruzadas. Pero nos recuerdan que ninguna Guerra Santa puede ser jamás una guerra justa. |